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En esta página encontrarás cuatro relatos más que llevan tiempo publicados en el blog.

1 JUAN DE SIEMPRE

2 LOVERMAN

3 PALOMAS HUMANAS

4 UN DÍA RARO    

1

Juan De Siempre

Aquella noche la luz de la luna era un simple arañazo en medio de la oscuridad del inmenso cielo nocturno. Aunque ha pasado tiempo ya, recuerdo perfectamente la luna, la noche, a mi amigo Juan De Siempre y una inquietante sonrisa. Posiblemente porque hay historias que por muchas vueltas que les des siempre te resultan increíbles.

 Esa noche a mi amigo Juan de siempre se le puso la mirada triste. Se podría decir que la luz de sus ojos no era sino un simple arañazo en mitad de la tristeza de su rostro taciturno. Estaba perdiendo un amigo. En aquel momento no me di cuenta de lo que pasaba ni le di importancia a aquella mirada. Estaba totalmente enredado en mis pensamientos, absolutamente empanado observándome el ombligo. Tal fue así, que mi propio ombligo me absorbió como si de un flan se tratara, enviándome al más profundo de los abismos. Puede que en realidad fuese yo el que se perdió y no mi amigo Juan. Pero sinceramente pienso que eso sería no asumir mi error. No supe interpretar aquella mirada triste. No supe estar con mi amigo.

Hay gente que pierde; monedas, mecheros, paraguas, llaves, carteras… También hay quien pierde la confianza o la vergüenza. Incluso hay quien pierde la cabeza por nada. ¿Qué pasa tronco? Se le podría decir a una de estas personas descabezadas, pero podría sonar a falta de respeto y no soy quien para hacerlo.Yo perdí un amigo.

 Pasaron los días y la vergüenza que sentía era tan inmensa que me costaba mirarme al espejo. A Juan también le costaba mirarme y ya no nos dirigíamos la palabra. Por una mirada que no supe ver. Pero él ya no estaba triste. Había encontrado apoyo en un nuevo amigo. Un hermoso cocodrilo que conoció una noche de copas. La gente decía del cocodrilo que era un tipo muy simpático porque no dejaba de sonreír. A mí en cambio aquella sonrisa,no sé porque, me parecía peligrosa. La situación era desagradable. Mi amigo había confiado en un cocodrilo cualquiera en vez de hacerlo en mí. ¿Por qué no me había pateado el culo hasta sacarme de mi ombligo?. Esto me enfadaba. 

Al mismo tiempo había algo que me preocupaba de Juan. Su salud. Con el cocodrilo bebía y fumaba como un poseso y luego estaba la sonrisa de su nuevo amigo. Aquella boca llena de dientes daba que pensar. ¿Pero cómo decirle a Juan que su nuevo amigo no era una buena compañía?,¿Cómo decírselo si yo no supe estar cuando él me necesitaba? Yo le había fallado.

 Me fui a la laguna donde Juan y yo solíamos hacer chipi-chapa de niños. Necesitaba tranquilidad, necesitaba pensar. Intentar entender todo aquello que estaba pasando. Pero ante mis ojos pude observar que la laguna ya no era como antes. El agua ya no estaba tan clara y ya no había tantos animales como en nuestra infancia. No se veían los peces y tampoco a los patos. No se oía el canto de ningún pájaro. Tan solo media docena de ranas que cantaban "Higway to hell" de AC/DC y "Esta noche no es para andar por esas calles" de Barricada. Yo flipaba. No entendía nada. ¡Qué agua tan oscura! Y ¿Las ranas… ? .¿Desde cuando cantan las ranas AC/DC y Barricada? No sé muy bien por que las recordaba cantando "La mochila azul" de Pedrito Fernández. Lo cual tampoco me cuadraba, pero a esas alturas de la historia… ¿Qué más podía pasar?.

 De pronto algo en el agua se removió. Algo grande emergió con ferocidad desde las profundidades de la laguna. Era el cocodrilo que con aquella enorme boca venía a por mí. Desde el fondo de su infinita garganta se oían los gritos de Juan De Siempre. ¡Espeluznante! Sentí que las fauces de aquel animal me atrapaban. El cocodrilo tiraba de mí mientras yo me sujetaba donde podía. Era un baño de sangre. Por unos segundos creí oír que las ranas cantaban "Enter Sadman" de Metallica. Al tiempo que sonaba un lejano y molesto sonido.

Me desperté envuelto en sudor, con las sábanas enroscadas en mi cuerpo. Estaba sólo en mi habitación. La radio estaba encendida y sonaba "Enter Sadman" de Metallica. Gire la cabeza y vi que en mi teléfono móvil brillaba la luz intermitente que me avisa de la entrada de mensajes. Era Juan, lo leí:" Vienes ya? Te esperamos en el bar El Cocodrilo" Entonces lo entendí todo. Había tenido una pesadilla. Me había dormido y llegaba tarde a la cita con mi amigo. Todo encajaba; las sábanas enroscadas, la música que dormido oía de la radio, el bar dónde siempre quedamos… Estaba dejando colgado a Juan. De alguna manera mi inconsciente me avisaba de que llegaba tarde.

Miré por la ventana, la luna ya no me parecía un arañazo en medio de la noche. Más bien me parecía una sonrisa cómplice. "Vaya susto chaval" parecía decirme.Y fue entonces cuando al ponerme los calcetines, pude comprobar, que desde debajo de mi cama salían huellas que recordaban a las de un gran lagarto. También comprobé, atónito, que tenía unas impresionantes marcas de colmillos en mis pies y tobillos. Sentí un escalofrío y algo brilló en la penumbra. Era la sonrisa del cocodrilo.


2


LOVERMAN

— ¿Por qué sonríes así?

Él sin dejar de sonreír respondió:

— Sonrío porque la vida me sonríe…— dio una calada al cigarro y prosiguió:

— Yo estoy vivo y tú estás muerto—rematando a su víctima con un balazo entre las cejas.

Loverman estaba recordando su último trabajo. Ejercía de pistolero a sueldo de cualquier fulano que tuviera dinero suficiente como para eliminar a alguien que molestara.

Ahora la situación era bien distinta, se encontraba a oscuras en la habitación de un hotelucho de mala muerte, rememorando su vida, mientras esperaba la llegada de los que pretendían ser sus verdugos.

Resultaba irónico verse en esas circunstancias que había vivido tantas y tantas veces como ejecutor. Aunque no menos irónico, resultaba que el motivo fuera una mujer; a los hombres los mataba, a ellas les hacía el amor. Todo se complicó al enamorarse de una bella pelirroja irlandesa, Melisa O´Connell, la esposa de Andrey Uchakoff, ''El carnicero'', un pez gordo de la mafia rusa. Loverman, era también un prestigioso gigoló que se relacionaba con adineradas mujeres. La mayoría eran cincuentonas y viudas podridas de dinero y soledad que demandaban la compañía de un apuesto y joven amante, y en alguna ocasión, la típica joven casada con el dinero de un anciano millonario, que buscaban en Loverman lo que sus achacosos maridos no podían darles. 

Pero sus principios se fueron al garete cuando conoció a Melisa. Ahora la recordaba en aquella pequeña habitación. Era como si todavía la estuviese viendo en la fiesta donde se conocieron. Harta de ser una mujer florero, entre tímida y seductora. En cuanto a él, qué decir: ¿Cuándo un lobo ha huido de una oveja? 

Aquella noche fue inolvidable, nunca había disfrutado tanto con una mujer, todo fuego, todo pasión. ¿Cómo olvidar a Melisa?; sus besos y sus labios, su piel y sus caricias, su cuerpo, su forma de amar y esa penetrante mirada capaz de congelar al más duro de los hombres. Tampoco podía olvidar los meses posteriores, los momentos vividos: Los viajes, las fiestas, los bailes desnudos a la luz de la luna…

Ahora, lejos de ella, se ocultaba como un vulgar ratero, como si amar fuera el peor de los delitos. Perseguido y sentenciado a muerte por un celoso marido. Sus ojos irradiaban rabia contenida, mientras en su cabeza revivía sus últimos días con ella. Todo ocurrió demasiado deprisa, Uchakoff fue a atender un importante viaje de negocios. Ocasión que los amantes aprovecharon para pasar unos días en la lujosa mansión matrimonial. Aquellos fueron unos días maravillosos, todo fue perfecto hasta que una noche:

— ¡Cariño!, ya estoy aquí.

Segundos después sintieron que se aproximaba. Sus pasos al subir las escaleras sonaban a una cuenta atrás. No había tiempo que perder y Loverman maldijo no tener cerca su arma. La única salida era la ventana y allí se dirigieron. Cuando abrió la puerta de la habitación, Loverman se abalanzaba por la ventana; mientras Melisa, petrificada por el miedo, permanecía inmóvil junto a la repisa. El gigoló apremió a su amada para que saltara. Ella no reaccionó. Sonó un disparo que Loverman sintió cerca. Su instinto le hizo correr para ponerse a salvo. Melisa gritó y un segundo disparo la silenció. Loverman no quiso mirar atrás, algo le dolía en las entrañas y no era, precisamente, un balazo. 

 Así había empezado aquella huida que le atormentaba por dentro y le había llevado hasta aquel hotelucho. Huir, ¡qué vergüenza para un hombre como él! Un pistolero acostumbrado a tratar con la muerte de frente. Quizás a la única muerte que no se podía acostumbrar era a la suya propia. Entonces, ¿era un cobarde o un superviviente? ¿Cómo pudo no tener el arma cerca? Loverman se avergonzaba y se odiaba a sí mismo, sabía que en su mundo lamentarse no servía de nada. Lo único que valía era seguir vivo y aprender de los errores propios y ajenos.

Uchakoff había puesto precio a su cabeza acusándolo de violar y matar a su bella esposa. Aquello puso los dientes largos a muchos pistoleros. Matar a Loverman era como matar al gran tiburón, era hacerse respetar ante la competencia y la clientela. La recompensa era la excusa perfecta para hacerlo más atractivo. Él lo sabía, conocía muy bien la profesión y a sus profesionales. Por eso había decidido atrincherarse en un hotel y esperar. El enfrentamiento en la calle era muerte segura. Imaginaba que la recompensa habría desatado una especie de selección natural. Los más fuertes y astutos eliminarían a los débiles, y el mejor, al final, tendría un cara a cara con Loverman. Estas sospechas se las confirmó Jodeperras Martínez.

 Jodeperras era el informador que Loverman necesitaba. Su pluriempleo le permitía relacionarse con los personajes más variopintos, desde el yonki más tirado, al los más prestigiosos capos. Trapicheaba con droga en los barrios bajos, chuleaba putas y ejercía de carterista. Sus ojos, sus oídos y su boca se vendían al mejor postor. Se decía de él, que era capaz de vender su propia sombra por dinero. Vamos, un angelito. Loverman lo conocía desde hacía tiempo, a él y los garitos por donde alternaba.

La corbata colombiana era su bar favorito. Loverman sólo tuvo que ir allí para encontrarlo. Le invitó a un Jack Daniel´s, le pagó cien pavos y Jodeperras cantó. Luego salieron juntos del bar y Loverman lo mató a golpes. Le abrió la cabeza contra la pared de un oscuro y sucio callejón. Para rematar, lo tiró a la basura en señal de desprecio por chivato. Loverman sabía que tarde o temprano lo traicionaría por cuatro monedas. Así que recuperó el dinero y lo dejó allí tirado.

El vulgar ratero le había cantado muchas cosas a Loverman. Algunas sirvieron para confirmar lo que ya imaginaba, otras fueron información de gran valor. Le corroboró la muerte de Melisa y que Uchakoff había puesto precio a su vida. También le ratificó esa pequeña guerra de matones por cobrarse la jugosa recompensa y quienes eran los que más cerca estaban. Sus nombres sonaban como cañonazos. Algunos eran buenos colegas de profesión, otros viejos enemigos. Todos querían ser su asesino: los gemelos Rafchenko, dos de los chicos de Uchakoff, el colombiano Bernardo Monterroso y para terminar, Jodeperras pronunció el nombre de un fantasma, Vittorio Salerno, alias ''La Esfinge''. Loverman sintió estremecer su cuerpo. Creía haber matado a ''La Esfinge'' en el último enfrentamiento que habían mantenido. Aquel nombre había sido toda una sorpresa para él. Al instante, comprendió que el factor sorpresa de la Esfinge había quedado anulado. Además, Loverman era de los que pensaba que la rabia ciega llevaba a los hombres a cometer errores. Si alguien sentía rabia era la Esfinge. 

Tenía claro que vendería cara su piel. Había elegido el mejor de sus escondites para casos de emergencia, el Hotel Sin Nombre. 

Nada más llegar recuperó sus armas, puestas a buen recaudo en la caja fuerte de recepción. Una pistola de largo alcance con silenciador y el revolver más mortal del mundo, el mágnum 45. Tenía reservada siempre la habitación 101, primera planta con vistas a la entrada principal, desde donde controlaba el ir y venir de la gente. Además, la escasa altura en la que se encontraba, le posibilitaba una rápida huida en caso de que las cosas se pusieran feas, bien descolgándose a la calle, o bien, moviéndose por la repisa que rodeaba la fachada del hotel. 

 El hotel se hallaba en un barrio de la periferia donde la chusma controlaba las entradas y salidas de la policía y lo rodeaban varios accesos a autopistas, facilitándole la vigilancia y una posible huida precipitada.

 Una vez llegó a su habitación, Loverman se dio una purificante ducha. Tenía que quitarse el olor a muerte que Jodeperras le había dejado. Posteriormente, se tomó su tiempo para elegir la ropa con la que podía morir. Estaba tranquilo. Luego limpió sus armas meticulosamente mientras escuchaba el alboroto de la calle y se sentó a esperar a oscuras, para no dar pistas a los de fuera. 

Todo estaba perfecto, bajo control. Sabía que podía morir, pero por alguna inexplicable razón, se sentía invencible. Su captura no sería empresa fácil. Sólo se admitían valientes.

 En la calle la lluvia sonaba como un murmullo golpeando los canalones en medio de la noche. A Loverman le relajaba ese sonido mientras esperaba que algún bravucón intentara algo. Él, con su habitual frialdad, se dedicaba a mirar la habitación y escuchar los sonidos de alrededor. El más mínimo detalle podía salvar su vida. 

 La habitación era simple: cuatro paredes desnudas de cuadro, una cama pequeña, una mesa, un armario, una bombilla apagada colgando del techo, una ventana sin cortinas y una persiana sin cerrar del todo, dejando pasar la luz de las farolas que labraban en la pared la silueta inmóvil de Loverman en el sillón donde esperaba. Una espera, que de no ser por sus recuerdos, se hubiera hecho eterna. También mataba el tiempo fumando tabaco y bebiendo Jack Daniel´s. Siempre sentado, mirando de frente a la puerta y con un dedo en el gatillo de su Mágnum 45: 

— ¿Quién sería el desgraciado que perdería sus tripas allí mismo?— Loverman pensaba en sus captores, en cada uno de ellos. Se conocían demasiado, sería un combate duro. Sólo deseaba que si llegaba el momento, su muerte fuera rápida y llevarse con él a su cazador para ajustar cuentas en el infierno.

 Cesó la lluvia. Sólo se oía silencio. Se abrió la puerta del bar de enfrente dejando escapar una canción. La letra heló la sangre de Loverman:

—“Matador te están buscando…” 

Instantes después, al cerrarse la puerta se dejó de escuchar la música. La calle estaba inerte; no se oía el jaleo del tráfico, ni sirenas de policía, ni alboroto de borrachos, ni las pisadas de los peatones. 

 En el hotel la situación era la misma. Los ascensores permanecían inmóviles y los huéspedes parecían ausentes. Nada, ni un ruido, ni un chasquido. No se oía nada. Loverman se sentía el hombre más solo del mundo. Un escalofrió le recorría el cuerpo. Por primera vez, en su espera, se estaba poniendo nervioso. Era como si el diablo estuviera cerca.

Se abrió la puerta del bar y salieron los cuatro mientras sonaba la canción del matador. Tenían muy claro el plan. Momentos después el colombiano golpeaba la puerta de la habitación 101.

— ¿Quién es? — preguntó mientras se incorporaba hacia el lado izquierdo de la puerta, junto a la pared.

— Servicio de mantenimiento del hotel… todo el edificio se quedó sin luz por causa de la lluvia…

Loverman no contestó. Había conocido el acento de Monterroso, a pesar de que éste intentó disimularlo. Por un momento pensó que ya sabía a quien se iba a enfrentar, pero desde su nueva posición divisó algo extraño. Un hombre parecía vigilar su ventana desde la esquina de enfrente. Monterroso siempre trabajaba solo: — ¿Quién era ese hombre?—

— Señor, ¿se encuentra bien?— insistió el colombiano —

— Todo bien, gracias. Sólo quiero dormir.

Loverman actuó rápido mientras contestaba, enfundó el revolver y sacó la pistola con silenciador. Sin pensarlo dos veces había matado al misterioso hombre de la esquina. Un tiro, un hombre, como a él le gustaba. 

Después de contestar se descolgó por la ventana con sus dos armas encima. Cuando se acercó a su víctima la sorpresa se apoderó de él al comprobar su identidad.

— ¿Qué hacía allí uno de los Rafchenko?, ¿Colaboraba con Monterroso?, y en cualquier caso; ¿Dónde estaba su hermano?...

No tuvo tiempo de hacerse más preguntas. Le llovían balas desde la ventana. El colombiano se ocultaba en la oscuridad que a él le había servido de escondite hasta hacía unos segundos. Loverman no pudo sino refugiarse entre los coches aparcados. Imposible alcanzar a alguien que se escondía en las sombras.

— ¡Bang, bang! Dos disparos más desde el hotel. Se hizo el silencio y Loverman se asomó. La luz brillaba ahora en la habitación delatando la posición de su enemigo. Un disparo, un hombre. Efectividad Loverman. Bernardo Monterroso caía inerte al vacío con un balazo del 45 en la cabeza.     

 — ¿Qué está sucediendo?, ¿Quién y por qué encendió la luz? Algo raro pasa.  

Decidió acabar con las dudas subiendo a la habitación. Salió sigilosamente de entre los coches que lo habían protegido hacia la puerta de recepción. Una vez allí, se pegó a la pared y se asomó discretamente hacia el interior. De pronto, un zumbido le quemó el brazo derecho. Se dejó caer y rodó hasta unos cubos de basura. Alguien le había disparado y blasfemaba en ruso. Comprobó que la bala sólo le había rozado. Levantó la vista y vio que Vladimir Rafchenko se acercaba apuntándole con un arma. Loverman disparó desde el suelo y el ruso se desplomó. Ahora tenía el camino libre para entrar en el hotel y subir al primer piso.

''La Esfinge'', esperaba a su enemigo al final de las escaleras que llevaban al primer piso. Llevaba mucho tiempo esperando su oportunidad. El hombre que estaba subiendo había intentado matarle una vez. Tuvo suerte de no estar en el lugar incorrecto y seguía vivo. Era la hora de vengarse. Procuraría no utilizar sus armas, sería cuerpo a cuerpo, y quizás lo remataría de un disparo. Luego cobraría la recompensa. 

Todo le estaba saliendo según su plan. Había sido lo suficientemente hábil como para convencer a los hermanos Raffchenko y a Monterroso para trabajar juntos. Por supuesto, fue él quien dispuso donde se colocaría cada uno de ellos para acorralar a su presa. También fue él quien encendió la luz, delatando la posición de Monterroso. Al final había conseguido lo que quería: ¡Quedarse solo con el trofeo!

 ''La Esfinge'' veía acercarse la sombra de su víctima lentamente. Esperó hasta tenerlo cerca y lo desarmó de una brutal patada. Luego lo agarró del cuello y lo tiró contra el suelo. Su rival intentó defenderse. ''La Esfinge'' lo pateó como si fuese una lata de cerveza. No hubo respuesta. Loverman sólo era un hombre retorciéndose de dolor. ''La Esfinge'' lo alzó de los pelos y le golpeó con el puño. Después lo contempló sintiéndose casi vencedor e irónicamente le susurró:

— Dale recuerdos a Melisa…

Loverman comprendió que su final estaba apunto de llegar. ''La Esfinge'' retrocedió dos pasos e hizo gesto de sacar su arma de la sobaquera. Sonó un disparo con silenciador y ''La Esfinge'', de pronto, se desplomó repentinamente. Un balazo atravesaba su cabeza. La sombra que había disparado desde la escalera comenzó hablar:

— No me gusta mezclar a terceros en asuntos personales, sale caro y además…— Guardó una pausa deliberada, incluso rió cínicamente, mientras Loverman se apresuró a coger el arma de ''La Esfinge'' al reconocer la voz de su verdadero adversario. 

—…esto debemos solucionarlo entre tú y yo.

Uchakoff emergió de las sombras como si el diablo hubiera ascendido del infierno. Se acercaba lentamente, calculando la distancia infalible para un disparo. El amante de su infiel esposa se le había escapado una vez. Esta vez no sería así. 

En un último esfuerzo Loverman alcanzó el arma de ''La Esfinge'' y se incorporaba muy despacio, apoyándose en la pared, ocultando el revólver a su enemigo.

— Pensaba ir a buscarte cuando terminase la fiesta con los chicos….— comentó Loverman en tono jocoso. Tragó saliva, sintió cada golpe recibido y continuó ganado tiempo con palabras:

— Conmigo te lo pasarías de muerte…

Sonaron dos balazos al mismo tiempo, seguidos de un intenso silencio. Todo había acabado. Unos pies comenzaron a caminar, deteniéndose al poco. Se oyó un posterior lamento de dolor, seguido de pasos hasta el silencioso cuerpo que parecía sin vida. Se agachó para comprobar que efectivamente no tenía pulso. Se puso en pie e hizo recuento de sus heridas: sangraba de la nariz, posiblemente, tendría más de una costilla rota, su brazo derecho, el de la rozadura de bala, sangraba ligeramente, y el izquierdo sangraba bastante. La última bala de su enemigo lo había atravesado. 

Rompió la manga de su camisa y presionó la herida como si no sintiera ningún dolor. Sólo le retorcía el dolor de una herida incurable: Melisa.

La noche estaba despejada y Loverman se detuvo al atravesar la puerta del hotel para contemplar las estrellas. Tenía sensaciones encontradas. El recuerdo de su amada le hacía sentir un enorme agujero en su alma, mayor que cualquier balazo. Ya nada sería igual sin ella. Nunca más volvería amar a una mujer, ni siquiera por dinero. Melisa le había hecho comprender qué era el amor verdadero, nada que ver con sus negocios, eso le sonaba sucio ahora. Bajó la vista y mirando al frente dejó escapar un suspiro de alivio. Por primera vez en su carrera de pistolero había matado para sobrevivir; Sólo para salvar su pellejo. Nadie le había ofrecido nada a cambio de matar. Sus víctimas no molestaban a nadie. Eran ellos o él. Se sentía vivo y tenía una nueva perspectiva de la vida. Pensó que todo gana valor cuando estás a punto de perderlo, cuando eres la presa.

A lo mejor era el momento de tomarse un descanso. Quizás definitivo, no le hacía falta seguir robando vidas para ganar dinero. Se encendió un cigarro. Aspiró profundamente como si el tabaco fuese la vida misma. Miró a la derecha, nada le pareció interesante. Un gato cruzaba la calle entre los coches. No se veía un alma. Giró la cabeza a la izquierda mientras aspiraba otra calada. La ciudad bullía ajena a lo que acaba de suceder en aquel hotel. Ajena a él. 

Al final de la larga y recta calle, posada sobre el horizonte, estaba la luna, enorme y hermosa como pocas veces. Sin pensarlo dos veces, Loverman comenzó a caminar en esa dirección, herido de muerte, llevándose en su alma el imborrable recuerdo de su amada Melisa. Mientras de algún lugar le llegaba la melodía de una ranchera: 

—…No tengo trono ni Reina ni nadie que me comprenda pero sigo siendo el Rey...



3


PALOMAS HUMANAS

Salí al balcón a echar la basura y algo me llamó la atención, en uno de los balcones de enfrente, un piso más abajo, dos palomas se peleaban. No entiendo de palomas, pero parecían dos machos con el cuello rosáceo y aparentemente inflado. No recordaba haber visto a dos palomos zurrarse así, con inquina, a picotazos. Desplegando las alas como dos poderosas águilas. Los dos estaban en el suelo del balcón y ante mis ojos, a primera vista, no había motivo de pelea. Aparentemente inexplicable. 

 Mientras intentaba entender aquella pelea, observé que en la parte baja de los barrotes del balcón, en primera fila del combate, otro palomo observaba atento. Ya éramos dos espectadores. A lo mejor el otro espectador sí entendía lo que sucedía ante nuestros ojos. Quizás ser de su misma especie se lo facilitara, porque en realidad, era un problema de palomas que nadie más podía comprender. Al menos yo no comprendía aquella pelea; no había comida cerca, no había una paloma… ¿Por qué pelean las palomas? Me pregunté. Los combates estúpidos y la violencia gratuita pertenecen a la especie humana. Hasta donde sé yo, y no soy un erudito, los animales pelean por supervivencia, por perpetuar la especie y por comida. El orgullo, la envidia y la estupidez son comportamientos humanos. No entendía nada y eso hizo que me quedara observando con curiosidad. 

 De pronto la vi. La paloma estaba acurrucada entre dos macetas, en la barandilla de aquel balcón, mirando a la calle. Estaba dando la espalda a la pelea. Como si no iría con ella, muy digna. Las aves y los humanos somos especies diferentes, pero el mundo animal a veces nos recuerda a nosotros mismos. Así que imaginé lo que aquella paloma podía estar pensando. “ Haber cuando dejan de pelear estos dos insoportables … ¡son como pichones!”.

A menudo ocurre algo así entre humanos. Una persona intenta impresionar, llamar la atención, sobre otra persona que le atrae y no siempre hay correspondencia. Con frecuencia se raya lo absurdo. Son cosas que pasan, que forman parte de la vida.. Pero no quiero desviarme de la historia que me ha traído aquí. Volvamos al balcón de las palomas. 

 De repente vi como el espectador daba un pequeño vuelo hasta el alféizar de la ventana más próxima. Desde su nueva ubicación ganaba perspectiva sobre el espectáculo. El combate estaba llegando a su final. Las fuerzas flaqueaban y pronto habría un ganador. Uno comenzaba a rendirse a medida que el otro se mostraba superior. Hinchaba su pecho y aleteaba con fuerza. Parecía más grande. La victoria era suya.

 A continuación se sucedieron una serie de acciones en poco tiempo; La paloma levantó el vuelo, casi de manera inmediata el espectador también lo hizo. El ganador tardó en reaccionar unos segundos y se fue detrás de ellos. El perdedor, cabizbajo, voló hasta una de las macetas de la barandilla e inició un pequeño baile de cortejo a la nada. Después, agarró su frustración y se marchó por otro camino distinto.

 A partir de aquí no sé qué pasó pero mi imaginación voló con ellos. Fue entonces cuando decidí escribir este cuento, sin más pretensión que la de divertirme y completar lo mis ojos no pudieron acabar de ver.

 El espectador y la paloma llegaron a una plaza cercana haciendo preciosas piruetas en el aire. El ganador, agotado por la pelea, los seguía un poco descolgado. Intentaba en vano hacerle saber a ella que estaba allí. Pero ella estaba interesada en los espectaculares vuelos del misterioso espectador. Éste no se había quedado a pelear, sólo esperaba el momento oportuno para acercarse a ella. Tenía un plan; Mientras, sus adversarios se cansaban. Uno de los dos sería derrotado. Quedaría fuera de juego. El otro quedaría exhausto por la pelea. Después, se trataba de volar, de llamar la atención sutilmente, de proponerle un juego a ella. Si ella aceptaba el juego, si era así, el ganador lo tendría crudo. Gastaría sus últimas fuerzas siguiendo inútilmente a la paloma por la que se había batido. Ella no sería un premio. Con el espectador podría elegir, seguir su juego o no. Para el espectador el riesgo valía la pena, si ella no aceptaba al menos lo había intentado. 

 La paloma se sentía atraída por las maravillosas cintas que el espectador dibujaba en el aire. Decidió ponerlo a prueba. Había observado la estrategia de él desde el principio, y quería ver hasta dónde llegaba su interés. Realizó un vuelo en vertical, hacia arriba, elevándose por encima de los tejados, para luego dejarse caer en un sorprendente picado. A él se le encogió el corazón al ver lo que ella era capaz de hacer. Estaba absolutamente maravillado con la paloma. Lo había sorprendido con un ejercicio digno de un Halcón. Sin perder el tiempo decidió copiar los movimientos con los que le había retado. Ambos jugaron en el cielo.

 El ganador se dió por vencido. Su superioridad en la pelea no había servido más que para cansarse. Desde el suelo, sin aliento , observaba como la pareja hacía asombrosas acrobacias en el aire. Definitivamente todo estaba perdido. Agarró su rabia y se fue a un charco a beber.

 La pareja decidió bajar al suelo para comer las migas de pan que habían dejado. Luego él inició su danza de cortejo. Ella quiso probar de nuevo su paciencia. Ver de qué pasta estaba hecho ese divertido presumido. Pero fingía un desinterés inexistente. Él siguió danzando, elegante y sin perder la compostura. Ella levantó de nuevo el vuelo y él la siguió. Llegaron a las ramas de un frondoso tilo y una vez allí los dos se cobraron su premio de ganadores.

Mientras, no muy lejos de allí, en una extraña fuente, dos viejos enemigos hacían las paces. Bebían hasta la embriaguez adoptando lentamente comportamientos humanos. Comenzaron a hablar atropelladamente, a reírse y eructar. Arreglaron el mundo quince veces. Discutieron, se enfadaron y se reconciliaron en cuestión de minutos. Entonces llegó el momento de hacer apología de la amistad unidos por un terrible sed de venganza. 



4

 UN DÍA RARO 

Cuando salgo del portal tengo la sensación de ir tarde. Llueve a cántaros, la noche es más noche que nunca. Como si hoy no fuese a amanecer. Queda poco para el final del toque de queda que controla la movilidad en este tiempo de pandemia. De camino al coche me cruzo con un vehículo de policía municipal. Nos miramos y he ignoramos mutuamente. Algo me dice que será un día raro.

 Menos diez, "mierda", pienso al ver el reloj de mi coche. "A estas horas suelo estar ya buscando sitio donde el “insti" me digo. Tengo suerte y aparco cerca. "Ahora,corre chavalote" me dice mi cabeza. Después de desactivar la alarma me doy cuenta de que Pablo hoy ya no viene. "Buen tipo el hippie, lo extrañaré" pienso, lo que me lleva a caer en cuenta de que hoy habrá nuevo conserje. Me dirijo a mi garito sopesando la necesidad de desinfectar. Marisa volvió ayer de estar confinada con coronavirus y a mí el bicho me da bastante respeto. Decido entrar sin más y en el último segundo me rajo… "Mejor voy a mi carro a por desinfectante".

 Entro en el cuarto de carros a oscuras, con el reflejo de la luz del pasillo es suficiente. Hay una nota en mi carro. Antes de cogerla pienso si será Marisa que me deja alguna indicación, pero me extraña. Marisa me deja notas en el garito. La leo. No reconozco la letra; "Para Txus, ese poeta urbano…"

No hay duda, es Pablo, "puto hippie.." pienso mientras sonrío. "Que grande es", "que majo". Me llevo la nota al garito junto con el desinfectante. Allí desinfecto , leo y me cambio. La nota no me deja indiferente. Pienso que nuestra despedida fue como de pasada, que ese café que no pude echar lo teníamos que haber echado. Pienso que tiene razón; que las risas y las charlas ya nadie nos la quita. Nadie. Pienso esto mientras inicio mi trabajo como siempre, empezando por los despachos de dirección. En cada despacho adivino la letra, la firma de Pablo en notas escuetas para cada uno. Flipo, "¡Que tipo tan grande!" se despide de sus jefes, pero no es un subordinado el que se despide. Es un compañero, un amigo, el que en pocas palabras se despide. Discretamente. A lo grande.

Pienso en las despedidas en general y lo que acabo de ver me confirma lo que siempre he creído; siempre dejamos algo de nosotros en los demás, siempre nos queda a cada uno algo de los demás. En el caso de Pablo sin duda.

Continúo con mi trabajo, con la sensación de que efectivamente es un día raro. Me pongo música en mi teléfono. Suena Extremoduro; "decidí aprender hacerme yo las maletas para poder vivir.." canta el Robe, pero bien podría ser Pablo... Pues eso compañero, amigo, que te vaya bonito con tu pas

o adelante. Que día tan raro.



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